— ¡Cálmate por favor! — Repetía Sofía a bordo del auto, — Entendé que yo no puedo seguir manteniendo ésta relación mientras vos sigas con tus ataques de ira, Martín. ¡Estoy cansada! —. Se notaba la angustia y la desesperación en su tono de voz, mientras las lágrimas corrían por sus mejillas, mojando y empañando sus elegantes anteojos de marco fino, los cuales con su forma ovalada, hacían resaltar la delicada curva de su mentón. Sofía fue siempre una muchacha increíblemente encantadora; sus ojos casi violetas por el tono tan intenso que tenían, hubieran hecho sentir envidia a una mujer escandinava, y sus cabellos oscuros como la noche que caían por sobre sus hombros terminando en una bella “V” en su espalda, le daban un semblante muy refinado sumado a su minifalda de jersey que ya estaba arrugada y maltrecha por sus temblorosas manos que la hacían añicos mientras ella intentaba ahogar sus emociones lo más que podía. — ¡Calláte!, yo no voy a permitir que me dejes a mí para ir a acostarte con otro. ¿¡Eso es lo que querés verdad!? — Repetía con un tono casi maníaco, Martín. Quien iba conduciendo a gran velocidad por la carretera hacia Buenos Aires. Estaban regresando de sus vacaciones en La Pampa, durante las que habían ido a visitar a la madre de Sofía para anunciarle que pronto se casarían. Las luces de los camiones que venían por la mano contraria hacían que la prominente y calva frente de Martín brillara por el sudor que corría por su sien mientras sus ojos azabaches e imponentes miraban perdidamente la delgada y desgastada línea blanca de la vía.
— Martín, son precisamente tus celos y tu paranoia lo que no aguanto más, ¡me estás volviendo loca! Perdí ya a todos mis amigos y a mis amigas les da miedo salir conmigo. Ya casi ni puedo ver a mi madre, si no necesitáramos plata para la boda no habríamos venido. ¡Estoy harta! — Su voz se quebró al pronunciar ésta última palabra. — Sofía, yo no soy ningún boludo, estoy seguro que insistías tanto en volver a tu pueblo de mierda para ver a alguno de tus noviecitos de hace años. Menos mal que no te quité el ojo de encima. ¡Entendé que vos sos mía y de nadie más ¿me escuchaste, conchuda?! —.
— ¡Escucháte a vos mismo, Martín! Estás insultándome como si fuera alguna puta de esquina, yo quería ver a mi madre. Es la única familia que tengo y la única persona que me queda. ¡Vos me quitaste a todos los que me amaban, sos un enfermo! —.
Al principio ella no sintió nada, pero el sonido la alertó más de lo que lo hubiera hecho el ardor que sintió segundos después del “plap” que enrojeció de forma agresiva su mejilla derecha, arrojando sus anteojos al suelo. Sólo un parpadeo después, cuando se escuchó la fractura del cristal contra alguno de los hierros de los asientos del flameante Mazda 6 que Martín había mandado a importar de Estados Unidos, fue que Sofía volvió en sí y después de correr un par más de lagrimas por su mejilla, dijo con una voz lúgubre y lamentada. — Pará el auto… me quiero bajar —. — ¿Pero vos te volviste loca?, ¡estamos en medio de la nada! —. — No me importa… me quiero bajar — Sofía parecía en shock, sus labios apenas se movían para dejar salir las palabras y sus piernas cerradas empezaban a temblar descontroladamente. Martín aumentó la marcha y tomó la puerta del copiloto desde el manubrio. — De aquí no salís —. Casi cinco segundos después, como un animal que se prepara para atacar y desquitarse, Sofía descargó una ira que cualquiera que la conociere, negaría que se tratara de ella al verla en ese estado. Encajó sus uñas en el costoso traje de Martín de forma tan salvaje que el atacado profirió un grito ensordecedor, al tiempo que Sofía forcejeaba con él intentando sacárselo de encima. Unos segundos más tarde, mientras aún peleaban, Sofía dio una patada con su largo tacón en dirección a Martín, quien para esquivarla, tuvo que soltar el volante del auto. Pronto encontró sus manos alrededor del cuello de Sofía y a ella forcejeando para aferrarse a la vida que poco a poco le era arrancada de forma brutal.
Dicen que en los momentos en que sabes que morirás, empiezas a recordar tu vida entera. Sofía lo comprobó en ese momento cuando recordaba como felizmente corría por el patio de su casa con su hermano pequeño, Marcos.
Corría ahora (o al menos en la mente de Sofía) el verano de 1992. El sol se ponía tras el gran muro de ladrillos que dividía el patio de la familia Garibaldi del de la familia Sepúlveda. Sofía, del lado de los Sepúlveda jugaba con su mejor amiga Antonieta, a corretear por todo el patio a Marquitos quien exhausto, calló al pasto respirando pesadamente y cuando tenía suficiente aire en los pulmones, soltaba carcajadas. Finalmente Sofía y Antonieta lo alcanzaron y cayendo sobre él, lo siguieron en las risas. La infancia es una etapa tan despreocupada y alegre, que aquel domingo de diciembre que por supuesto, por la época del año parecía no tener fin; era más bien como un sábado cualquiera. A la mañana siguiente estarían disfrutando de la visita de Papá Noel a quien Sofía había pedido la nueva Barbie Dentista, que sería la socia de la Barbie Doctora de Antonieta, mientras que Marquitos, más baroncito y enérgico había deseado desde enero un Moto-Ratón nuevo para completar su colección. — ¡Sofía, Marcos! Vengan que se hace tarde y tienen que bañarse para recibir a los abuelos en la cena — Gritaba la mamá desde la puerta trasera de la pequeña pero cómoda quinta pampeana que demostraba en cualquier caso ser de gente de clase media. Los niños se levantaron al rato y después de despedirse de Antonieta, entraron los dos hermanitos a casa. Sofía sonreía a su madre mientras le ponía el vestidito nuevo que había hecho especialmente para Nochebuena. Sofía había heredado sus ojos de los de su madre que eran sino iguales, más bellos. Sin embargo la madre de Sofía era rubia, su cabello parecía oro viejo al dar sobre él los últimos rayos de sol que se colaban por la ventana. El cabello azabache de Sofía, lo heredó de su padre; el señor Marcos Sepúlveda quien era un importante ingeniero encargado de la mayor parte de las obras de infraestructura de la ciudad de Santa Rosa.
Un nuevo ruido interrumpió los alegres recuerdos de Sofía, la bocina de un camión cuyas luces encandilaban el interior del lujoso auto de Martín y dejaban ver al robusto cuerpo del hombre que la asesinaba. En una fracción de segundo, Martín soltó a Sofía y tomó el volante con el que hizo varios giros desesperados hacia la derecha mientas las luces que entraban por el parabrisas eran cada vez más irritantes para los ojos de la chica que apenas estaba recuperando el aire. Por alguna razón, por más esfuerzo que hacía Sofía por respirar, el aire no entraba por su garganta. Sentía un fuerte dolor, pero no donde Martín la había estado estrangulando hasta hace unos instantes. Más bien el dolor era en todo su cuerpo, del cual sólo sentía las tres cuartas partes mientras que lo demás parecía haberse desvanecido.
Nuevos recuerdos llegaron a su mente, era ahora un nublado otoño del año 1995. Sofía estaba al lado de Antonieta, paradas frente a las sillas de la pequeña iglesia del colegio al que asistían. El padre recitaba la Liturgia de la Eucaristía. Sofía no podía contener la emoción que hacía en ella estar a punto de tener su primera comunión. Según su madre, éste sería el primer paso a una nueva vida la que traería más responsabilidades y con ellas la madurez. Antonieta era un lío de sudor mientras con la voz más entendible que salía de sus jóvenes labios de diez añitos preguntaba a Sofía qué se suponía debían decir al recibir la comunión. Sofía reía mientras intentaba convencer a Antonieta que lo que ella dijera no era importante. En ese momento Sofía tenía una sensación realmente extraña. Afuera hacía mucho frío y su vestidito de primera comunión no era exactamente demasiado abrigado, sin embargo ella sentía mucho calor y sentía un dolor punzante y cada vez más insoportable en el vientre.
Cuando sus compañeras estaban en la fila para recibir la comunión, Sofía pudo notar que había un cierto cuchicheo entre los padres quienes estaban sentados frente a ellas. El padre de Sofía había muerto años atrás en un accidente durante una construcción. Por tanto el asiento al lado del de la madre de Sofía estaba completamente vacío, y además el de la madre misma de Sofía estaba tan disponible como el primero pues la señora se encontraba en cama, muy enferma. La gente no dejaba de mirar a las medias de Sofía mientras ella tratando de disimular su vergüenza se levantaba la media izquierda, creyendo que la inquietud del público era que la misma estaba caída. Finalmente había llegado el turno de Sofía y ella subía al altar para por fin recibir la primera comunión; el paso de la infancia a la madurez y el momento que había anhelado con tantas fuerzas desde hacían seis meses. — Cuerpo de Cristo —, dijo el padre entregando a Sofía en su boca el pequeño pedazo de pan plano y desabrido. Sofía lo recibió con la lengua y éste se pegó a su paladar mientras el padre decía — Sangre de Cristo — y entregaba en la boca de la inocente, el cáliz con la mezcla de licor y agua que la chica sorbió con suavidad, llenando el interior de su boca con ésa sustancia amarga la cual despegó el trozo de pan de su paladar. Se dirigió a bajar del altar mientras el dolor en su vientre se hacía de un momento a otro insoportable. Las palabras “Sangre de Cristo” aún rondaban por su mente mientras sintió por su pierna izquierda, una humedad en absoluto peculiar. Miró hacia abajo y su sorpresa al ver el líquido rojo caer por su pierna, manchando su media blanca de algodón hizo que la palabra “SANGRE” que aún estaba en su mente la desplomase contra el suelo de la iglesia.
— Tu primera menstruación — Reconoció oír de una voz femenina y vieja mientras recuperaba la conciencia. — ¿Qué pasó? — preguntó Sofía con los ojitos aún cerrados. Su blanca piel, ahora pálida por los minutos que estuvo fuera de sí, brillaba a la luz de las cálidas luces de la habitación de la hermana Ofelia, quien le acariciaba el cabello y le sonreía cuando Sofía abrió los ojos. — La sangre de Cristo… — alcanzó a decir la criatura adormilada mientras intentaba incorporarse fallidamente, pues el dolor se hizo presente de nuevo y la tendió a la cama otra vez. — Quédate acostada mi niña — Dijo la hermana con su acento español —. — Recuerdo cuando me pasó la primera vez, en mis tiempos eso era visto de una forma muy distinta a como es ahora. Me he pegado un susto que se puede comparar al tuyo. Mi madre no dejaba de llorar diciéndome que ahora habitaban demonios en mí y que ya no tenía pureza, por supuesto que yo no entendía nada. Y en realidad dudo que tú entiendas algo de lo que te digo — Rió suavemente con esa voz picuda y quebradiza —. — Lo bueno mi niña es que estás bien y ya eres toda una señorita, ya has recibido tu primera comunión y has florecido para convertirte en una bellísima rosa. No te sorprendas si ahora todos los chavales del barrio se empiezan a fijar en ti y te cortejan ¡Pero eso sí!, mucho cuidado mi niña, mira que los hombres a veces no se saben controlar y hacen cosas de las que te tienes que cuidar mucho. Recuerda que la pureza es lo que más debes celar de ti porque es lo que te mantendrá más cerca del señor… —.
Los recuerdos de Sofía se veían interrumpidos por un nuevo ruido. Ésta vez un golpe seco que se produjo cerca de ella. Pudo reconocer la fornida silueta de Martín cayendo en el pasto con uno de los brazos completamente doblados y su cuello fracturado. Veía la sangre correr por el césped gracias al fuego que emanaba un intenso calor que contrastaba al frío de esa noche de invierno en medio de la nada. El brillo del fuego en la sangre era tan seductor e hipnotizante que distraía a Sofía del dolor que subía por su columna vertebral. De alguna manera sabía que por más que lo intentara no podría moverse así que no le quedaba más que esperar a que las cosas se esclarecieran un poco más, pues en ese momento su mente eran nebulosas.
De pronto el frío la llevó a aquel invierno de 2002, en julio para ser más exactos. Sofía estaba regresando a su casa con Sebastián, un chico que iba en su curso al cual había estado mirando todo el año. Fue más o menos en abril que él la invitó a salir por primera vez y fueron al cine a ver “El Rey Escorpión” que se había estrenado un par de semanas atrás. Sofía durante la función no dejaba de asustarse con las escenas de Momias y tormentas de arena con caras cadavéricas que con los efectos de sonido de la sala, parecían querer tragársela. Mientras tanto Sebastián disfrutaba de los fuertes abrazos que ella le daba intentando “protegerse”. Aunque ambos sabían cuál era el trasfondo de esos abrazos, tanto así que la segunda mitad de la película la dejaron para espectadores más atentos pues lo único que recuerda Sofía después de eso fueron sus primeros besos con éste chico. Ella ya había estado con un par de chicos antes pero nada realmente serio, y Sebastián era el primero de estos con quien realmente sentía deseos de besar y ser besada.
Esa noche mencionada arriba, en que Sebastián regresaba del boliche con Sofía era realmente especial para ella; aquel fin de semana, la madre de Sofía había salido a Buenos Aires para arreglar unos problemas con el negocio de costura que ella administraba normalmente desde casa. Marquitos por su lado, estaba con unos amigos con quienes iba a pasar la noche gracias a los $100 que Sofía le había pagado para dejarle la casa a ella sola. Aún recordaba los besos que daba Sebastián sobre su piel erizada por el frío. Era la primera vez que alguien a demás de ella, la veía completamente desnuda y la tocaba de esa manera. Sebastián besaba su cuello mientras acariciaba sus pequeños senos de los cuales los pezones estaban particularmente erectos por el frío y el contacto de los ásperos dedos del muchacho quien cada segundo que pasaba, la besaba más ferozmente.
Su vergüenza fue aminorándose cuando notó que Sebastián poca atención prestaba a éste detalle mientras Sofía se entregaba por vez primera en cuerpo y alma a un chico. A la mañana siguiente estaba abrazada a la persona que en ese momento ella creía amar más que a nada en el mundo mientras los primeros rayos del sol invernal daban sobre sus pómulos, haciéndolos brillar y despertándola bajo la suave luz de la fría mañana de aquel domingo de julio. Pocas veces después de ese momento, Sofía sintió una satisfacción y/o una alegría similares.
Nuevamente abrió los ojos. Ésta vez el frío ya no se sentía y al parecer el fuego se había apagado. Le sorprendió que el sol ya estuviera saliendo y todavía nadie había ido a por ella. En un momento todo se aclaró y recordó lo que había ocurrido la noche anterior.
Miró a su derecha y vio el cuerpo inerte de su prometido en la misma posición en la que había caído la noche anterior. Quiso levantarse e ir a pedir ayuda pero por alguna razón su cuerpo no se movía.
Desesperada, quiso gritar pero de su garganta, sólo salía un ruido gutural y sordo que aún a ella le era difícil escuchar. Una niebla espesa y macabra había aparecido de un momento a otro, cegándola en un mar de escalas grises e incapacidad total de moverse.
La consternación que sentía era tal que sentía que su cabeza explotaría. Sus piernas ni las sentía y sus brazos apenas respondían a los estímulos que mandaba. El esfuerzo por levantar uno de ellos era tal que tras horas de intento estaba agotada. Y frustrada en el mar de confusión e impotencia, esperó al final que ya anhelaba con toda su alma y que supremamente se apoderó de ésta.
Javier González
05/09/2010